jueves, 29 de marzo de 2007

La religión es el opio del pueblo, ¿seguro?

Me he decido a comentar este tema al ver que Fernando Savater - filósofo español de izquierdas - ha reformulado la famosa frase del credo marxista a la siguiente guisa: "La religión es la cocaína de la sociedad".

Cada vez estoy más convencido de que Marx tuvo un lapsus freudiano con su proverbial sentencia “la religión es el opio del pueblo”. No hay mejor forma de ocultar una evidencia que con una mentira muy grande. Porque la realidad es que el socialismo es el opio del pueblo.

Para empezar el socialismo propone la ilusoria promesa de un paraíso aquí en la tierra que nunca se ha dado y nunca se dará. Lo que sí ha traído, y en demasiadas ocasiones, ha sido violencia, desgracia, opresión, tiranía y sufrimiento. Al fin y a la postre la ideología de izquierdas acaba concretándose, como cualquier otra corriente, en un sistema social piramidal. Tan solo sustituyen la nomenclatura del escalafón y las componentes del poder, pero en el fondo, es lo mismo que cualquier otra sociedad. Y, ¿porqué?. Por dos razones: La primera: porque los hombres somos distintos en capacidades y condiciones por naturaleza y la segunda: porque existe el pecado original, por tanto, los seres humanos de nacimiento venimos con una tara que, inconsciente e ineluctablemente, nos empuja al egoísmo. Consecuentemente, el marxismo construye su edificio desde unos cimientos falsos porque sus presupuestos son contrarios a la naturaleza y a la esencia profunda del hombre.

Por si esto fuera poco, el método marxista cambia radicalmente el foco del problema primordial y lo traslada desde el corazón del hombre a la sociedad en su conjunto. De esta forma, en vez de dedicar nuestros esfuerzos en corregirnos a nosotros mismos, aunque es seguro que no lo vamos a lograr, pero al menos adquiriremos sabiduría y trataremos de buscar una ayuda exterior, nos dedicamos a cambiar a los demás. Yo siempre me pregunté cómo las estructurales sociales han llegado a ser injustas, porque si pensamos que los hombres por naturaleza no son malos - de hecho bueno y malo son categorías no admitidas para un coherente materialista marxista - cómo demonios llegan a serlo las estructuras sociales. Además es un hecho patente que no ha existido en ningún lugar ni en ningún tiempo una comunidad humana donde no se hayan cometido crímenes e injusticias. En consecuencia, para llevar a cabo la solución marxista, que implica cambiar a la otra clase, a la sociedad; en definitiva, a los demás, se necesita odio y violencia explícita o subrepticia. Mal arreglo es eso de sanar el odio con más odio.

Sobre esto de que el problema está en el interior de hombre y no en la sociedad o en los dirigentes o en los capitalistas, etc. me viene a la cabeza un ejemplo que me contaba mi padre: resulta que unos de los cabecillas sindicales de su empresa que reclamaba, asiduamente y con mucha beligerancia, la contratación de más personal, le tocó un buen día la lotería. Con el dinero montó un bar y cuando fueron mi padre y otros compañeros a visitarle se sorprendieron de que en ese negocio solo trabajaban él, su mujer y sus hijos. Entonces le preguntaron: «¿es que no tienes empleados?. ¡Empleados! – contestó él – ¡para que se lleven las ganancias!».

Ayer estuve viendo la genial - aunque de inicuo mensaje - película del director ruso Eisenstein "El acorazado Potemkin". Es fácil deducir de ella la propuesta bolchevique: atajar el odio con más odio y erradicar el cristianimo como si fuera el cómplice del mal social.

El odio y el mal se arreglan con el amor y eso implica que alguien pierda; y este siempre es el que ama, ya que se sacrifica. Sin embargo, el pecado original nos inhabilita para amar así, cuando nos enfrentamos a alguien que nos perjudica. En efecto, cuando tratamos de vencer el mal con el bien, en el fondo, siempre perdemos algo y eso no parece muy justo. ¿Solución?: Si alguien la quiere saber que lea Rom 7 14-25.

¿Qué es el infierno?

Me gustaría responder a los comentarios sobre mi anterior entrada relativa al infierno. Creo que los temas que se me plantean se pueden resumir en dos: Qué es el infierno y qué pruebas científicas hay de él.

¿Qué es el infierno?. Evidentemente es un tema de fe; porque el infierno no lo vemos con nuestros ojos corporales como tampoco podemos ver a Dios con ellos. Con los ojos de la fe sí que podemos ver a ambos, pero ya en esta vida, no solo en la perdurable. Por tanto, como soy católico, y no creo que la fe sea algo de procedencia personal sino que es una obra de Dios que ha depositado en la Iglesia Católica, aunque, por supuesto, exige que la persona receptora la incorpore como propia, pero, sin que la invente, la modifique, ni la adapte, yo me voy al magisterio para contestar a la pregunta de ¿qué es el infierno?.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. ([1035] del Catecismo de la Iglesia Católica).

¿Qué es el infierno? Si con esta pregunta estamos indagando cual es la sustancia del mismo; es decir, si es un estado, un lugar físico o una sensación, francamente me parece una pregunta pueril. Tan absurda como la contraria y que posiblemente ninguno de mis comentarista hubieran hecho: ¿qué es el cielo? Por tanto, en este sentido, a mí me importa un bledo qué es el infierno o qué es el cielo.

Lo que sí es primordial – y desde luego a mí me importa mucho – es que en el cielo estaremos con Dios y en el infierno sin Él y, en ambos casos, eternamente. Nada más y nada menos. Es decir, o un gozo inefable o el peor que el más espantoso de los sufrimientos que podamos imaginar. Pero esto no me lo invento yo, miren como la Escritura describe ambas cosas: Sal 16,11 para el cielo e Is 66, 24 para el infierno. En efecto esto es lo que está en juego y pienso que es la disyuntiva más dramática de nuestra existencia.

Hay gente sensible que lo del fuego del infierno le parece un poquito crudo - ¡tiene gracia! – o un poco infantil. Sin embargo, esta metáfora del fuego, que trata de expresar un dolor y un sufrimiento inenarrable e inimaginable, no es un invento ni de los curas, ni de los ultracatólicos, ni por supuesto mía. Sino que Dios la inspiró en el AT (ver otra vez Is 66, 2); pero, para los hipersensibles que piensan que el AT y NT son cosas distintas - ¡qué terrible confusión!, sin el AT no se entiende absolutamente nada del NT -, les diré que Jesús de Nazaret usa esa alegoría incesantemente (se pueden ver todas las citas evangélicas que nombra el catecismo y hay otras como la famosa parábola de “Lázaro y el rico” en Lc 16, 19-31). Si el maestro se expresa de esa forma quién soy yo para hacerlo de otra. Así que, el infierno es un fuego inextinguible, el fuego de la frustración completa y definitiva de toda nuestra existencia. Pensar en un sufrimiento y un dolor que jamás se acaba, condenados a vivir eternamente en quebranto, odiándonos y odiando a todos, en una tortura que no tiene fin, es tremendo.

Sospecho que con esas preguntas de qué es el infierno, no pretendemos tener una tesis doctoral en teología que no sirve para nada. Acaso no pretendemos buscar formulaciones que nos asusten menos o que nos hagan parecer más simpáticos antes los paganos que nos rodean. Estas posturas no solo no nos granjearan más simpatía sino que pareceremos más ridículos y faltaremos a la verdad. El infierno no es algo suave, ¡de ningún modo!, no hay tormento, tortura, violación, enfermedad, angustia ni nada que podamos sufrir en este mundo comparable con el horror que supondrá el infierno.

No se trata de meter miedo sino de asumir la realidad. El católico que niegue esto es como el padre que no advierte a su hijo de los peligros de asomarse a la ventana de un quinto piso. Os aseguro que, le guste o no, sea muy sensible o no, si el niño se cae será terrible y no habrá posibilidad de enmendar nuestra negligencia.

Bueno, ahora, seguiré por el segundo punto. Este viene de uno de mis admirados “disculpados”. La verdad es que me estimulan muchos sus objeciones porque me inspiran los temas que debo tratar para así llevar a cabo con mayor eficacia la misión de este blog que es dar un visión católica a la realidad en medio de esta confusión general en que nos movemos.

Pruebas del infierno me piden. ¡Si estamos hablando de realidades espirituales cómo quieres que te de pruebas materiales!. Porque incluso después de la resurrección de los cuerpos estos se transformarán en celestiales que es una realidad de orden misteriosa. Sin embargo si que te puede apuntar varias cosas:

- La falta de pruebas no indica la no existencia. Nadie duda de que se pueda obtener un remedio definitivo contra el VIH por eso se investiga en ello. Por tanto la no existencia en este momento de un tratamiento para la curación total del SIDA no indica que esa medicina esté en potencia y que haya que seguir investigando para descubrirla. Tampoco podemos negar que exista vida extraterrestre por el hecho de no tener pruebas de ello. En consecuencia, la falta de evidencias de alguna cosa no implica necesariamente que esta no exista. Por supuesto, tampoco de que exista. De las pruebas solo se puede inferir las existencia nunca la no existencia. La demostración de la no existencia de algo es casi imposible. Que se lo digan a los ingenieros, para asegurar que no hay errores en una solución.

- De lo que no hay duda alguna es de la presencia de maldad en el mundo. No me refiero a las desgracias sino a la perversidad humana. A los asesinatos, violaciones, torturas, secuestros, etc. Muchas de estas iniquidades hechas con crueldad y goce por el que las perpetra. Es un misterio su origen y su finalidad.

- Toda esa maldad que existe en el mundo demanda en buena lógica de una justicia. Salvo que caigamos ineludiblemente en la fatalidad de nuestra existencia. Si fuéramos realmente coherentes con esa negra visión del mundo las consecuencias para la convivencia serían dramáticas.

- Los remordimientos en las conciencias de las personas que han cometido graves pecados suelen ser unos tormentos que podemos calificar de infernales.

- En cualquier caso si no crees en Dios ni en los novísimos, allá tú. Si yo tengo razón, puede que tengas un grave problema; si no la tengo, no importa; puesto que, si tú tienes razón, no merece la pena ni que dialoguemos porque todo carece de sentido: busquemos el mayor placer que esto se acaba chicos y además cuando se acabe tampoco tendrás, ni siquiera, la satisfacción de decirme: ¡ves!, tenía yo razón. ¡Ah!, y si yo me he equivoco, ¡qué me quiten lo “bailao”!, porque desde que conocí a Dios no me ha podido ir mejor en la vida a pesar de las muchas contrariedades, que como todos, tengo.

Por último, quiero aclarar que a veces se nos puede acusar de juzgar y condenar a los demás y que esto no es muy cristiano. Pues yo me fijo mucho y cada día veo con mayor lucidez quién me parece tener, entre todas las personas que conozco, mayores posibilidades de ir a infierno. ¿Lo veis vosotros también?


Prometo que en no mucho tiempo dedicaré una entrada a aclarar todos los comentarios suscitados por el asunto del espeluznante crimen del aborto.

miércoles, 28 de marzo de 2007

El divorcio es un desastre. En el principio de esta era de la muerte fue el divorcio

El partido socialista español (PSOE), actualmente en el gobierno, suele acusar al partido popular (PP), - ellos se autodefinen de centroderecha -, de que siempre van a remolque de la izquierda en los avances sociales. Por avance social se entiende divorcio, aborto, libertad sexual, anticoncepción, liberación feminista (o sea que la mujer haga todo lo contrario que un ama de casa), eutanasia, pornografía, matrimonio homosexual, etc. Les echan en cara que cuando ellos propugnan alguno de estos progresos siempre se encuentran con la fuerte oposición inicial de los populares; pero, que transcurridos unos años, acaban asumiéndolos e incluso, cuando les toca gobernar, defenderlos con el mismo ahínco que si los hubieran concebido. Y, la verdad, que en esto, el PSOE tiene razón.

Jamás oí a un dirigente popular contestar a sus adversarios cuando estos les espetan el tema del divorcio como caso flagrante de la doble moral de la derecha, que se opuso a él bizarramente en los años ochenta y ahora no solo lo admiten sino que es difícil encontrar una lista electoral del PP en la que no aparezca algún divorciado. Ante esta delación tan solo callan pusilánime y avergonzadamente tratando de soslayar el tema de la mejor manera posible. La izquierda suele inquirir: ¿dónde están todos esos males con lo que la derecha nos amenazaba si el divorcio se legalizaba?; obteniendo un bochornoso silencio por respuesta.

A mí, - no voy a decir que seré yo, modesto hombrecillo que escribe un blog - quien conteste a la izquierda. Pero sí me gustaría que algún líder de la orientación que sea – para mis lectores “disculpados” les ilustro que los católicos no somos ni de derechas, ni de izquierdas, ni tampoco ultra-nada, estos son categorías del teatro de la falsedad de este mundo – les contestara que los males profetizados no solo están ya aquí sino que sus efectos han sido más devastadores de lo esperado.

El divorcio ataca a la raíz de la familia que es el matrimonio y cuya esencia es la de unión estable del hombre y la mujer para formar una familia. Sin estabilidad no hay matrimonio y, en consecuencia, se debilita la familia. Se ha puesto fecha de caducidad a lo que tradicionalmente ha sustentado, por su inquebrantable cohesión, al resto de la sociedad. Y los efectos de este enervamiento de la familia son las grandes plagas que estamos sufriendo. A saber:

- La gente no aprende a amar o lo hace de forma distorsionada; a veces, incluso, perversa. Lo cual tendrá unas consecuencias espantosas. Esto se produce, por supuesto entre otras causas, porque la escuela donde se aprende a amar es la familia y como el amor – lo repetiremos muchas veces en este blog porque es un concepto totalmente adulterado - no es un sentimiento sino que es una acto de la voluntad, es la entrega voluntaria de sí mismo a otro, no puede acabarse; los sentimientos, por el contrario, son volátiles. Por tanto introduciendo el divorcio, aunque sea como posibilidad, falsea el concepto básico de amor al colocarle un final potencial. Como coletilla diré que además de este amor, digamos humano, existe otro de orden divino que es una acto de Dios a través de nuestro espíritu. Este, para diferenciarlo del anterior, los cristianos lo llamamos caridad.

- La mujer, pilar básico de la familia, se ve obligada a poner el trabajo remunerado en el centro de su vida. La frase que más oigo de ellas es: “tengo que tener mi trabajo por lo que pueda pasar…” o “no puedo depender económicamente de un hombre”. Es decir, la entrega total, que es el fundamento del matrimonio, ha quedado cercenada y la posición, dentro de las prioridades personales, en la que queda la propia familia ha sido alterada.

- Por tanto, si ya todos tienen como misión ganar dinero: ¿quién se ocupa de los chicos? y ¿de los viejos?. Nada, la solución es tener pocos hijos y los viejos: ¡al asilo!. Es paradójico que en una sociedad en la que solo priman los sentimientos – “es que ya no la quiero”, se dice – nos consolamos pensando que nuestros padres, cuando ya chochean, lo que necesitan es un buen aparato de televisión, estar rodeados de médicos excelentes y disponer de una amplia habitación con cama articulada. Todo cosas materiales. Sin embargo, parece ser que obviamos cosas como el que vivan rodeados de las personas queridas los pocos años que les queden y, por supuesto, que puedan morir acompañados por ellos. Eso ni lo tenemos en cuenta. ¿Porqué no probamos a vivir nosotros solos en un asilo? ¿a ver qué tal?

- El divorcio lejos de evitar o disminuir la violencia la incrementa. Introduce una carga de conflictividad más en un matrimonio con problemas. Todos hemos tenido experiencias cercanas de ver como tras un divorcio la relación empeora. En vez de tratar de salvar el matrimonio a toda costa hemos colocado una solución fácil que conduce a la destrucción de una familia. He aquí una de las causas, aunque no la única ciertamente, del aumento de lo que se viene a llamar violencia de género. - Prometo una entrada en mi blog para tratar este tema en particular -.

- Y como consecuencia de la crisis de la familia, y por tanto del amor, ya vienen el resto de las plagas gordas: manipulación de embriones (en todas sus gamas), aborto y eutanasia. Porque si no hay amor ni sacrificio para qué sufrir por alguien. Porque cuidar de un enfermo, aceptar la propia enfermedad o pechar con un niño en circunstancias difíciles requiere capacidad de sacrificio; esta, se aprende y se alimenta fundamentalmente de una vida familiar estable.

- Por último, como todo ha sido subvertido, llegados al esperpento, se eleva a la categoría de matrimonio a un pobre remedo como es una pareja del mismo sexo.

Muchos lo ven como yo, pero, lamentablemente, nos hemos acostumbrado a convivir con el divorcio y otras cosas aun peores y no nos atrevemos, por tanto, a sublevarnos abiertamente puesto que sería ir en contra de la mayoría. Sin embargo, esto es un engaño, ya que cuando uno se pronuncia públicamente se de cuenta de que otros muchos, que callaban, también piensan como él. No olvidemos que la verdad tiene una fuerza intrínseca tremenda, especialmente en el campo de la moral, y que es captada necesariamente por el ser humano. En efecto, la verdad, tarde o temprano, sale a la luz.

Por favor, en vuestros comentarios evitar sacar casos extremos para sensibilizarnos. Esa técnica de los progres-izquierdosos, maestros de la demagogia – esto es normal, cada uno consigue el poder como puede, unos con su dinero y otros con la fuerza de la masa -, es conocida por muchos y desde luego por mí. La argucia es sacar un caso extremo que nos aturde la razón por el impacto de los sentimientos (verbigracia: una mujer mutilada por el maltrato salvaje de su marido). Entonces cuando nuestras defensas intelectuales están bajas porque nos hemos quedado horrorizados por la situación extrema, justificamos, con las asaduras y no con el cerebro, una medida que en otras circunstancias nos parecería inmoral. Luego se generaliza el resto del universo. Por tanto pongo desde ya un baluarte contra ese ardid. La forma de razonar, que es lo que tienen que hacer nuestros gobernantes, es aplicar una norma general y después estudiar como afrontar los casos límite desde el deseo del bien común.

martes, 27 de marzo de 2007

El infierno existe; lo lamento, pero existe.

Leemos en Zenit que Benedicto XVI ha afirmado:

«Jesús vino para decirnos que nos quiere a todos en el Paraíso y que el Infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para quienes se cierran el corazón a su amor». (http://www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=105157)
Se imaginan que en la Edad Media alguien inventara la vacuna BGC contra la tuberculosis. No, ¿verdad?. Y, ¿porqué?. Bien sencillo, porque no conocían la existencia de los microorganismos. No se lucha contra un enemigo que desconocemos aunque este nos aceche peligrosamente. En aquella época no se sabía que aquella espantosa enfermedad que les hacía expectorar sangre, la provocaba un ser vivo, que por ser tan pequeño, pasaba desapercibido. Los hombres medievales se pertrechaban eficazmente, sin duda, cuando, por cualquier coyuntura, se veían obligados a exponerse al ataque de una fiera; pero jamás se protegieron de la agresión de las bacterias, por la sencilla razón de que les eran ignotas. En resumidas cuentas, nuestros antepasados no tenían culpa alguna de su ignorancia; sin embargo, a pesar de ello, morían sin remedio cuando enfermaban, recibiendo, tan solo, ridículos tratamientos paliativos. De ser conscientes de la existencia y, en consecuencia, del peligro que representaba el bacilo de Koch se hubieran puesto manos a la obra para pergeñar una eficaz defensa (tal y como se hizo a partir de 1882 cuando el amigo Robert, el conocido médico alemán, realizó su gran descubrimiento).

Esto es exactamente lo que ocurre en nuestro días: ignoramos totalmente los peligros a los que está expuesta nuestra vida. Estos, se resumen en dos: el pecado y el infierno. Conocer, también, cuáles son los agentes patógenos que nos llevan a esos dos peligros y de los que nos tenemos que vacunar que son el mundo, el demonio y la carne; eso es para nota y lo dejamos, para que lectores más duchos se formen por su cuenta en fuentes más ilustradas que este blog, especialmente en este tiempo de Cuaresma. ¡Vamos, hay que darse prisa que queda poco tiempo!.

El pecado y el infierno, decíamos. Si desconocemos su existencia cómo vamos a buscar la vacuna y la medicina contra ellos que es Jesucristo. Por eso muchos curas y teólogos, que han perdido la fe, y por tanto han negado el daño del pecado o la existencia del infierno, o ambas cosas a la vez, acaban reduciendo a Jesucristo a un conjunto de valores, a un ejemplo, a sentimentalismos empalagosos o incluso, - una de las más tontorronas adulteraciones aunque sea muy alambicada – la causa de liberación material que se encarna en los pobres para que estos sean conscientes y busquen en sí mismos su destino de emancipación definitivos. Cuando Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es y será una persona viva y resucitada que nos ha salvado y nos salva cada día por su muerte y resurrección del pecado y del infierno. Una persona con la que nos podemos encontrar y experimentar que cambia radicalmente nuestra existencia. Lo que estamos diciendo es que el pecado nos mata. Y, en consecuencia, sin que nuestra cándida ignorancia sea una excusa, tal y como pasaba en la Edad Media con los bacilos, tranquilamente podemos condenarnos eternamente en el infierno. Esto es porque el fruto del pecado no es solo de orden jurídico o moral, - aunque en la legislación el desconocimiento de la ley no nos exime de su cumplimento, al menos moralmente esta ignorancia justifica o atenúa dicho incumplimiento -, sino que las heridas del pecado son, primordialmente, de orden ontológico; es decir, vitales, reales.

Ya se que para muchos – y para mí también – el hecho de que el infierno exista de verdad da mucho miedo; ya que si esto es así, la cosa es muy seria. ¡Claro que es muy seria! No hay más que mirar la pasión de nuestro Señor Jesucristo y meditar qué peligro no será el que nos cerca a la humanidad para que tuviera que ser eliminado de esa forma. Entonces, ¡qué horror!, ¿nos podemos condenar eternamente?. La respuesta es: Sí. ¿Entonces?. Entonces, no hay tranquilizantes para esta realidad. Lo que hay es una salida cierta, sencilla, gratis, segura, eficaz y a nuestro alcance: Jesucristo. Y, ¿quién no lo conoce?. Hay otra posibilidad para ellos: la evangelización. Y, ¿si no les llega la evangelización?. Pues, los que somos conscientes de esta realidad apresurémonos y “pongámonos las pilas” para que les llegue a todos. Y ¿a los que, a pesar de todo, no les llegue?. En este caso, sabemos que Dios tiene, en su infinita misericordia, caminos misteriosos de salvación para llevar a todos los hombres a Él.

En cualquier caso, que nadie se desanime, Jesús quiere salvarnos a todos del infierno y su deseo es que este se quede vacío (como aseveraba Juan Pablo II El Magno). Además el amor a Él es una forma más agradable y, también más segura, de salvación que el mero temor al infierno.

Respecto al pecado hablaré otro día en su doble dimensión de personal y original. Por que con esto hay cada confusión que….

Una oración por el fallecido obispo auxiliar de Madrid Monseñor Eugenio Romero Pose.

lunes, 26 de marzo de 2007

Desde Ecuador: “Un sí a la vida”

Me ha gustado lo que he comentado el Arzobispo de Lima (Perú), Cardenal Juan Luis Cipriano en el I Congreso Nacional Pro Vida y Familia de Ecuador (http://www.noticiasglobales.org/comunicacionDetalle.asp?Id=1001).

Una de los puntos que yo desatacaría, por su valentía, como novedoso es el no ceñirse a los métodos naturales como si fueran una marca de distinción católica sino que, por el contrario, hagamos una apuesta decidida por la vida.

Me encanta escuchar algo así. La buena noticia del evangelio lleva al hombre a la locura del amor. No se trata de estudiar los límites de lo permitido sino traspasarlos sobradamente, pero en sentido contrario, por amor.

Efectivamente, hablamos, entre otras cosas, de tener familias numerosas de diez, cinco, trece hijos; de tener a nuestros viejos en casa con nosotros, de redescubrir la fuente de alegría de la castidad y la virginidad, de vivir el dolor en su dimensión redentora, de encontrar la felicidad en medio de la enfermedad tanto en nosotros como en los que nos rodean y de anteponer la familia al trabajo.

Estoy harto de oír hablar en los ambientes católicos de los métodos naturales para el control de la natalidad con la misma mentalidad contraceptiva que los no creyentes hablan de los artificiales.

Por eso los cristianos auténticos, que cuentan con la ayuda de la gracia y con el Espíritu Santo que habita en ellos, no hablan de lo que está mal sino que hacen radicalmente el bien. Aman hasta la locura. Y amar significa entregase; o sea, sufrir, perder, sacrificarse o morir para que el ser amado reciba placer, victoria, descanso y vida, sin esperar nada cambio.

Sin embargo la cultura de la muerte llega a todos los sitios, tanto de dentro como de fuera de la Iglesia, disfrazándose de las más nobles causas. Puedo utilizar algunos de vuestros valiosos comentarios que he recibido en esta bitácora, - que no hacen sino animarme con esta singladura que he emprendido -, relativos al aborto, como muestra de lo dicho:

Por ejemplo Orlando Inagas, que en sus escritos muestra una gran calidad humana, cae, creo yo, por esta presión ambiental que nos seduce a través del sentimentalismo y que nos nubla la razón, pero, ¡ojo!, sin que nos percatemos, nos mata también el espíritu, en un craso error: aceptar moralmente el aborto en los casos de peligro de la vida de la madre y de violación. Por favor, razonemos un momento ecuánimemente, ¿no nos damos cuenta que en el aborto estamos matando a un tercero?. En caso de violación: Acaso justificaríamos que se matara a un niño ya nacido porque su padre fuera un psicópata, ¡no!, que el padre haya cometido una violación no lo debe pagar el niño. Aunque esto comporte un gran sacrificio para la madre. Otro asunto es lo que hagamos con ese bebe cuando nazca. Aunque ya os lo digo yo, con certeza, en el noventa por ciento de los casos - y me quedo corto -, la madre lo querrá muchísimo. En caso de peligro para la vida de la madre: Se imaginan que pasaría en un naufragio con pocos botes salvavidas, ¿a quién piensan que una madre propondría poner primero a seguro, aun a riesgo de su vida, a ella o a su hijo? ¿A qué ya tienen la respuesta? Bien, y si hiciera lo contrario, ¿qué pensaríamos de ella? ¿Que ha hecho lo correcto?. Porque pensamos, entonces, de forma distinta cuando el niño está en el seno de la madre. La respuesta es obvia: la presión ambiental que nos ha nublado la entendederas y nos ha endurecido el corazón. El punto es que el aborto es un crimen que no vemos. Hasta que no se vieron imágenes de la pena de muerte no hubo una sensibilización social mayoritaria contra ella. Además a mi querido Orlando le diría que hay otro gravísimo error de base en tu comentario y es confundir la malignidad intrínseca de un acto con los atenuantes o, tema este que de ordinario no se entiende bien, con la capacidad personal para actuar coherentemente. Ya trataré este tema de moral y coherencia en otra de mis entradas, pero es prolijo.


Y qué decir del comentario de uno de mis queridos “disculpados” que escribió con bastante desatino: “El aborto no es un asesinato. Un cúmulo de células (aunque sean humanas) no es un ser humano, la vida no 'comienza' en a concepción.”. Esta afirmación es una contradicción en sí misma – hay que pensar lo que pensamos – porque si nos ceñimos, tal y como razona nuestro amigo, a la mera materialidad, todo ser humano, haya o no nacido, no es más que un cúmulo de células. Nada, unos cien billones. Por tanto, cómo determinaremos, pues, al ser humano; tal vez, ¿por la cantidad de células o por el grado de evolución del conjunto?. En cada uno de esos dos supuestos dejaríamos una peligrosa puerta abierta para excluir de la dignidad de ser humano a muchas personas. No hay posición más sincera ni más garantizadora de los derechos de la persona que reconocer la concepción como el origen de la vida humana. Además, la concepción, es el único momento del crecimiento de un hombre donde surge algo distinto. Por otro lado, por supuesto, el hombre no es un montón de células. Supongo que sabéis que las células humanas se reproducen y mueren; de tal forma, que la corporeidad del ser humano cambia completamente a lo largo de su vida varias veces sin que la identidad de su yo se vea afectada en lo más mínimo. Según Jonas Frisen (biólogo celular del Instituto Karolinska, de Estocolmo) la edad promedio de todas las células del organismo de un adulto pueden ser tan sólo de entre 7 y 10 años. Es decir, cada diez años, tenemos un cuerpo nuevo mas nuestra persona sigue intacta.

Por cierto, soy enemigo de la corrección política vigente y contrario, en consecuencia, a respetar todo. Yo respeto a todas las personas, como creaturas amadas de Dios que somos, pero no respeto, ni mucho menos, todas la ideas ni opiniones. El amor es así, siempre corrige al que se equivoca. Por cierto algunos de vuestros comentarios me corrijen con acierto y lo admito. Escribiré de ello.

viernes, 23 de marzo de 2007

Sobre los comentarios recibidos

Quiero agradecer los comentarios que habéis hecho a las distintas entradas que he publicado. Es gratificante ver la calidad humana y la profundidad de vuestras opiniones. Trataré de responderos con ciertas matizaciones que estimo oportunas o, en algunos casos, contradiciendo lo que comentáis. Siempre desde el respeto y tratando de estar a la altura del gran nivel que me estoy encontrado en la blogosfera. Sin embargo, lo quiero hacer como os lo merecéis y para eso necesito tiempo. Además muchos tenéis unos blogs interesantes que estoy leyendo y quisiera analizarlos para poder completar mis respuestas. Por consiguiente, en las próximas semanas iré publicando nuevas entradas en las que tocaré varios de los puntos que comentáis y algunas de las opiniones de vuestras bitácoras.

No obstante, hay algunas opiniones que no respeto y son las que abiertamente y sin ningún tipo de condición defienden el aborto. También les contestaré. Pero, tengo que decirles que sus opiniones son reprochables y así lo hago vehementemente. Tan solo disculpo a estas personas y las justifico por el acoso y la confusión del ambiente social de nuestra generación.

A todos, unos y otros, os invito a seguir leyendo este blog y a participar abiertamente en él. Espero que nos sigamos divirtiendo y, si es posible, nos sea constructivo.

Rezaré por todos vosotros, hacedlo, por favor, por mí.

Los distintos tipos de familia

Declara el amigo Zerolo - este tipo es una mina cuando habla - en Periodista Digital (ver la entrevista completa en http://blogs.periodistadigital.com/periodistalatino.php/2007/03/22/pedro_zerolo_soy_hijo_de_emigrantes_espa) que la familia es una realidad plural y existen, por tanto, varios tipos de familia que los enumera generosamente: la monoparental, la reconstituida, la de dos papás, etc. Lo confieso, necesito una exégesis profunda porque me pierdo. No doy más de sí, qué le voy a hacer. (*)

Si esto no fuera tan grave, dado que está teniendo una repercusión en la realidad, sería para tomarlo a chirigota.

Se imaginan vds. que alguien fuera a su jefe y le dijera: “¿Quién es usted para mandarme esto?, No, no me diga que usted es mi jefe; no. Que lo dice ese organigrama; y a mí qué. La empresa es una realidad plural; oye tú. Los organigramas tienen interpretaciones múltiples y los cargos tienen una lectura amplia; es que ¿no lo sabe?. Usted es un cerril, usted es un retro. No, no se lo imaginan, ¿verdad?, suena a chiste. O que un sujeto se sentara en la mesa y pusiera los platos en la silla y se irritara si alguien le preguntara que qué diablos hace. O que nos sorprendiéramos porque la salud de un cervatillo ha sido mermada tras dejarlo a cargo de dos lindos papás leones. Pues esto es aun más extravagante y, por supuesto, más dañino. Este hombre - si solo fuera él sería hasta gracioso - está negando la realidad de la familia –ni tradicional, ¡ni leches!, la familia natural; sin adjetivos: la familia -. Está diciendo que ¡qué más da que un hijo tenga un padre y una madre!; todo eso es un detalle coyuntural y hasta anticuado.

Negar la familia no solo es ir contra la ley de Dios sino que es ir contra la ley natural. Dios es tardo a la cólera, la naturaleza, no.

Hay gente - muy católica ella - que piensan que, bueno, mientras no hagan daño a nadie, qué más da ampliar el concepto de familia a otras formas de convivencia (algunas, como la homosexual, totalmente inmorales, inicuas, desordenadas y antinaturales); que a la familia tradicional – y dale con tradicional, ¡ya se me ha pegado!, no lo vuelvo a decir, lo prometo -, en el fondo, lo que otros hagan, no le afecta. Que llamar familia a otras cosas es tan solo cuestión de una palabra, es un tema nominal. Pero esto no es así, la familia, como realidad natural y social, siempre ha estado regulada, amparada y promocionada por el estado porque es un bien para todos. Es la célula de la sociedad y anterior a esta. Intentar cambiar su definición, via legislación o creando una corriente de opinión, es dejarla desprotegida. Esto es el mayor – subrayo el mayor – ataque a la familia. Esto va a contra su esencia. Imaginemos que mañana a alguien se le ocurre decir que los refrescos de cola son sustancialmente leche, automáticamente todas las subvenciones y ventajas europeas, verbigracia, aplicables a la leche pasan a los refrescos; pero no solo las subvenciones, las mamás, creyendo que es leche, darían cola a los niños en los biberones o todos nosotros haríamos el arroz con cola. Pongan ustedes el ejemplo que quieran y respondan a esta pregunta ¿Acaso cambiar la definición de una cosa no tendrá repercusiones en ella?. Claro que los tiene y muchos. Poniendo ejemplos más serios piensen en el significado que se le daba a la palabra ciudadano en Roma, o la palabra persona en la Alemania nazi, o la palabra dios en Egipto, o la palabra esposa en los imperios mesopotámicos, o la palabra derecho en las tiranías, o la palabra “derechos humanos” en el Islam, o la palabra bruja en el medievo y un sinfín de ejemplos más y díganme si la definición de una cosa, especialmente si esta es importante, es solo cuestión de una palabrilla.

Por cierto, para mis amigos de fuera de España y que posiblemente no están al día de la actualidad, les recuerdo que en este país se ha aprobado una ley que reconoce el matrimonio homosexual con lo mismos derechos, incluido la adopción de niños, que el verdadero. ¿Tiene impacto o no cambiar las definiciones?



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Nota (*): El Sr. Zerolo es un conocido activista español de las reivindicaciones homosexuales y que ahora ocupa cargos en el partido socialista de España, actualmente en el poder de la nación.

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