viernes, 23 de noviembre de 2007

Yo soy objetor de conciencia contra la EpC

Desde hace algo más de un mes mi mujer y yo somos objetores de conciencia contra la ya archiconocida asignatura Educación para la Ciudadanía (EpC).

Para los lectores de fuera de España – que aclaro no son pocos – reseño que se trata de una disciplina que el gobierno socialista de este país ha decidido implantar, aparentemente tal y como se hace en otras naciones del entorno, solo que, a diferencia de lo que ocurre en esos países, el contenido de la susodicha asignatura no es una simple exposición de los principios constitucionales o la descripción del funcionamiento del estado o la divulgación de los comportamientos cívicos a secas, con lo cual estaríamos desinteresadamente conformes, sino que es profundamente ideológico, tratando de adoctrinar a nuestros hijos, mezclado entre otras cosas que sí son inocuas, la concepción humana bajo la ideología de género, el relativismo, la crítica a lo genuinamente religioso y la abyecta visión sexual de los progres.

Resulta que en el proceso de enterarnos cómo hacer esta objeción hemos oído toda una serie de argumentos que apuntaban a no dar el paso desde los ambientes más críticos a ese remedo de asignatura - ¡qué no se dirá desde los otros sectores! – los cuales me gustaría denunciar por su error o pusilanimidad.

Para empezar la gente teme que en el historial académico de sus hijos quede impreso de por vida un borrón y esto es demasiado para tan caritativos padres. Además los residentes de las comunidades autónomas donde la implantación de la perniciosa materia se retrasará hasta el próximo curso, como es el caso de la de Madrid, donde vivo, piensan que es mejor plantearse este tema cuando el problema lo tengamos encima y así, con un poquito de suerte, este toro nunca llega y que otro lo lidie. Por último, en el colmo de la cobardía y también de la hipocresía, bajo mi modesto punto de vista, los más fervientes y piadosos de todos dicen: como nosotros ya llevamos a nuestros hijos a colegios religiosos ya se encargará el centro de adaptar la asignatura. No se crean que esto lo dicen con indolencia pues les consta que realmente será así; en efecto, estos colegios, lamentablemente son pocos entre los de ideario católico, harán que la asignatura se imparta de acuerdo a la mayor de las purezas doctrinales. Entre estos últimos se encuentran conocidísimos y catolicísimos sectores.

Todas están razones se caen ante una de mayor peso y es que no podemos quedarnos de brazos cruzados ante el mal que se nos viene encima a todos. Claro que hay riesgos, pero el peligro que nos cierne los demanda. Y lo más grave, los privilegiados, por la zona de residencia o por la capacidad económica de llevar a los hijos a aquellos colegios que responden a un ideario sano, no podemos mirar para otro lado medrosamente dejando que se esté metiendo en los cerebros de los niños, posiblemente de aquellas familias más débiles y desprotegidas por ser más pobres sin que cuenten con nuestra ayuda y solidaridad, este detrito ideológico. Para eso está la objeción para inundar de una ingente multitud de papelitos de estos a nuestros gobernantes y, también, a la insípida oposición, mostrando así cuál es nuestra postura y que no vamos a permitir sin luchar que traten de subvertir a nuestros hijos. Eso es algo a lo que son sensibles, pues piensan en número de votos. No vale pues decir que yo no vivo en Extremadura o que mis hijos van a este u otro colegio, ya que hay chicos a los que se les está obligando a cursar la EpC sin que sus padres encuentren los apoyos para evitarlo.

Para terminar quisiera felicitar al Foro Español de la Familia por la denodada y desinteresada labor que están haciendo para defendernos de este ponzoñoso bodrio. De igual forma incluyo un enlace donde se indica cómo objetar http://www.objetamos.com/.

lunes, 19 de noviembre de 2007

¡Qué escándalo!

- ¿Sabes lo que ha dicho Watson, del dúo Watson & Crick, descubridores del ADN? – comenta uno de los compañeros de trabajo con los que compartía la mesa del almuerzo.

- No – respondo con sinceridad -.

- Dice que lo negros son menos inteligentes.

- ¡Ah!

- ¡Y se queda tan fresco!

- Ya ves – traté de concluir un tema que me aburría.

- Pero,…, hay más.

- No me digas – respondí cansinamente.

- Lo peor es que ha dicho que si supiera que iba a tener un hijo homosexual lo abortaría. ¡Es escandaloso!

Esta apostilla puso mis nervios de punta y le espeté con la mayor vehemencia que mi educación y la ocasión me permitían:

- Pues a mí no solo no me escandaliza sino que lo comprendo perfectamente.

El asombro en la mesa se palpaba a la legua.

- Sí – dije – no me miréis con esa cara. A mí lo que de verdad me escandaliza no es que se declare esto u otra cosa similar, lo que realmente me repugna hasta la náusea es que se hagan abortos con vuestro beneplácito e impuestos a niños inocentes. O sea que si se demuestra que un no nacido tendrá tendencias homosexuales es un escándalo abortarle pero si se descubre - mejor dicho, se supone con todas las reservas que se ha descubierto - que tendrá síndrome de Down tras una amniocentesis no pasa nada. ¡Eh!, os escandalizáis de un mero comentario porque se habla de gente con tendencias no naturales y os importa un pepino que sí se ejecutan en la práctica asesinatos de muchos otros niños inocentes.

El tema es tremendo. Ya lo ven. Se trata de un conflicto de intereses progres. Entre el pretendido derecho al aborto, que por mucho que lo exijan o lo aprueben nunca será un derecho porque el asesinato por muy legal que lo sea siempre será un vil crimen, y la discriminación positiva de personas que son susceptibles de pertenecer al grupo de presión gay – el más beligerante y peligroso que existe-, el resultado parece claro: ante esta tesitura parece que gana la opción segunda. ¿Curioso verdad?. La madre tiene el derecho a decidir sobre la vida de su hijo y nadie le tiene que imponer nada; ¡ah!, pero si se demuestra que el niño que le viene será cacorro, la cosa cambia.

Pues a lo mejor hemos encontrado una forma de sensibilizar a esta sociedad sobre el nefando crimen al que se le ha dado carta de naturaleza. Digamos que ante la posibilidad de que esas criaturas no nacidas pudieran tener tendencias homosexuales habría que darles la oportunidad de vivir. Ya conocemos otra pieza de la escala de valores de los progres: los derechos de los homosexuales son superiores a los derechos humanos. Por algo a mí nunca me gustó eso de los derechos humanos, siempre pensé que mis seres queridos conseguirían mayor seguridad si me dedicaba a defender los derechos de Dios.

lunes, 12 de noviembre de 2007

No hay nada después

El otro día, tras asistir al funeral de un familiar, una compañera de trabajo me dijo, tal y como reza en el título, que ella pensaba que no hay nada después, que todo termina en la tumba y, para concluir, trató de agasajarme con la conocida sentencia de «¡qué envidia!, si yo pudiera tener tu fe…». Por mi parte le contesté sin pestañear: «¿quieres tenerla?, porque yo te digo cómo». Se quedó patidifusa.

Si todo se acaba en esta vida, si la muerte es el inexorable final, ante la repugnancia por el macabro sarcasmo que la existencia supondría, me inclino a comprender perfectamente el mundo en que vivimos. Desde esa óptica el aborto, la eutanasia y el divorcio – la maldita triada de la cultura de la muerte – son de una lógica aplastante; amen del abandono de los viejos, la promiscuidad, la falta de honradez, la avaricia, el hedonismo y un largo etcétera.

Pero no, los católicos creemos en la vida eterna. Bueno, esto es incompleto, porque también lo creen las religiones e incluso aquellos que impostoramente se autodenominan cristianos como los progres y los retros. Lo que distintivamente creemos los católicos no es solo en la vida perdurable, que también, sino en la resurrección de la carne y, hete aquí algo que olvidan muchos, en el juicio, infierno o gloria.

martes, 2 de octubre de 2007

El marxismo no sólo es malo en su puesta en práctica sino que es intrínsecamente nocivo

El título expresa bien a las claras lo que voy a intentar desarrollar en esta entrada.

La verdad es que el último comentario realizado sobre el artículo que escribí hace ya meses La religión es el opio del pueblo, ¿seguro? me ha recordado una vieja creencia muy extendida, incluso entre el orbe católico, de que el marxismo es una teoría muy buena pero que o bien nunca se llevado a cabo o bien ha fallado en sus diferentes concreciones derivando en tiranías, la cual es más falsa que un moneda de madera.

Soslayaré el criticar los diferentes regímenes autodenominados comunistas o socialistas como los de la extinta URSS, Alemania oriental, Vietnam, Camboya, Albania y un largo etcétera que recorre América, África y Asia porque sus horrores son proverbiales. Me olvido también del auténtico autor de la ideología política comunista o socialista que es el amigo Vladimir Ilich Ulianov al que algún día, si encuentro la demanda oportuna, le dedicaré alguna cosilla especial. Me voy directamente a los fundamentos de la doctrina socialista que desarrollaron Marx y Engels y digo que son erróneos y peligrosos.

Reconociendo de antemano que comparto con Marx las críticas a las injusticias sociales, que siempre se han dado y que siguen vigentes, añado que en poco más puedo convenir con él. Además ni siquiera en esto, como los convencidos, que son muchos, tratan de hacernos creer, el amigo Marx tiene el monopolio. Desde la más remota antigüedad han existido muchas voces que han denunciado, sobre todo desde la esfera judeo-cristiana, acertada y aceradamente las injusticias, singularmente las perpetradas por los ricos.

Lo que sí es innegable es la sorprendentemente efectiva facultad de seducción del marxismo ya que ha convencido a la masa, especialmente a los notables, de la bondad de su doctrina. Tal ha sido esta habilidad que, a pesar de sus notorias consecuencias, el mundo sigue creyendo mayoritariamente en dicha utopía. Es verdad que han mutado sus axiomas pero su fuerza de convicción no ha menguado. Otro día entraremos en las razones de tamaña capacidad.

Desde una visión antropológica católica voy a incidir en las tres equivocaciones primordiales del socialismo.

1.- El marxismo niega la esencia del hombre porque niega las esencias, los universales y punto. Yendo al grano, ¿qué es el hombre para Marx? – sería bueno que nos hagamos esa pregunta a nosotros mismos – la respuesta es clara: materia. O sea que el hombre es poco más que una roca, una adelfa o un pato. ¡Mentira!. Este es el error primordial, que procede de otro mayor y es que Dios no es. Si el sistema parte de una idea equivocada del hombre qué podemos esperar de sus diferentes conclusiones.

No crean que esto es baladí, si aplicamos con coherencia el materialismo colegiremos, por ejemplo, la inexistencia de la ética, esta para Marx es una estupidez burguesa que no hace sino mantener o acentuar la injusticia. Sí, sí, para este señor nada está bien ni mal. Eso son tonterías.

2.- Tal y como ya escribí en su día y reproduzco textualmente: “el método marxista cambia radicalmente el foco del problema primordial y lo traslada desde el corazón del hombre a la sociedad en su conjunto. De esta forma, en vez de dedicar nuestros esfuerzos en corregirnos a nosotros mismos, aunque es seguro que no lo vamos a lograr, pero al menos adquiriremos sabiduría y trataremos de buscar una ayuda exterior, nos dedicamos a cambiar a los demás. Yo siempre me pregunté cómo las estructurales sociales han llegado a ser injustas, porque si pensamos que los hombres por naturaleza no son malos - de hecho bueno y malo son categorías no admitidas para un coherente materialista marxista - cómo demonios llegan a serlo las estructuras sociales. Además es un hecho patente que no ha existido en ningún lugar ni en ningún tiempo una comunidad humana donde no se hayan cometido crímenes e injusticias. En consecuencia, para llevar a cabo la solución marxista, que implica cambiar a la otra clase, a la sociedad; en definitiva, a los demás, se necesita odio y violencia explícita o subrepticia. Mal arreglo es eso de sanar el odio con más odio.”

Es decir, al contrario del cristianismo que pregona que el problema de la injusticia reside en el corazón del hombre cuya naturaleza herida por el pecado original le incapacita para hacer el bien y solo la gracia obtenida en la muerte y resurrección de Jesucristo nos rescata de dicha tragedia, el marxismo afirma que las injusticias están en la sociedad y esta hay que cambiarla y punto. Insisto, ¿de dónde procede que la sociedad esté mal sino es porque las personas están mal?.

3.- Para el marxismo el motor de la historia es la lucha de clases. Este sistema, aparentemente científico, de interpretar e incluso profetizar sobre la historia fue el que encandiló a tantísimos. Fíjense que para los cristianos la historia de la humanidad se mueve por el amor, el de Dios. El amor de Dios creó al hombre y su amor es el que quiere salvarlo. Para ellos la lucha, aclaro la guerra, la pelea; esto es, el odio. Lean, por favor, lean a Marx y verán como lo único que para él mueve el mundo es el odio, el conflicto. El odio para ellos, el amor para nosotros ¿qué es lo que realmente anima al mundo?

Espero haber conseguido aclarar porqué esta doctrina es perversa y si no confío al menos haber evidenciado que en nada se parece al cristianismo. Una de las falsedades que, sinceramente, más me irritan.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Sobre la justicia de los hombres

El comentario que ha hecho nacho p. a mi anterior entrada me ha abierto los ojos sobre un asunto, que como en tantos otros, existe una gran confusión dentro del mundo católico.

Me refiero al tema de la justicia. Cuando hablamos de ella el barullo que nos hacemos es de órdago ya que aplicamos los principios morales a situaciones y finalidades dispares sin discriminarlas rectamente.

Me explico. No hay normal moral más grande ni más importante que el amor. Esto es incuestionable, pero en función de la coyuntura el amor se expresará de formas distintas. También hay otro principio moral que aunque no contradice el amor si lo complementa y perfecciona y este es la justicia. Si, en esto estaremos de acuerdo, justicia sin amor sería crueldad, no es menos cierto que amor sin justicia nos conduciría al paternalismo y la lenidad.

Entraré en la casuística. La primera confusión que tenemos es pensar que la sociedad, a través del estado, debe tener el mismo comportamiento que lo individuos. ¡Nada más lejos de la realidad!. Si bien es verdad que para los individuos no solo es encomiable sino que, desde la óptica cristiana, es necesario perdonar o pasar por alto las faltas que nos infligen, para el estado esto no así. Lo digo, porque una de sus principales funciones es defendernos. Pongamos un ejemplo, si a mí mañana me atracan por la calle tengo derecho a mi legítima defensa, ¿verdad?: Sí, pero podría no defenderme y darle todo el dinero que lleve al ladrón y amarle aunque sea un enemigo, esto aunque extraño lo hacen los cristianos de verdad. No es obligatorio este comportamiento heroico pero los santos lo hacen, porque ellos siempre actúan más allá de lo moral, movidos por el amor. Pero, sin embargo, si la circunstancia cambia y mañana un cristiano santo llega a casa y se encuentra a un desalmado tratando de violar a su hijita de ocho años: ¿qué tiene que hacer?, ¿le dirá acaso: «perdónalo, hija»?: No, bajo ningún concepto. Tendrá que defenderla a costa incluso de su vida y hacerlo con eficacia, a puñetazos y si de esta forma no fuera suficiente para reducir al malhechor, con cuchillo o pistola. Todo menos dejar indefensa a su hija. Y si no lo hiciera faltaría atrozmente a su obligación. Además, no es lo mismo tu hijo que un extraño por la calle, no auxiliar a una víctima de un atraco supondría una falta de caridad pero no tan grave como la de no hacerlo con tu propio hijo pequeño con el que tienes el grave deber de defender. Lo mismo pasa con el estado y sus ciudadanos, ser indulgente le llevaría a una falta de lesa justicia para con nosotros.

Con los ejemplos mencionados vemos con más claridad como la recta moral nos aconseja a actuar de forma distintas en función de las circunstancias y de los sujetos que las protagonizan. Por tanto, continuando con el comienzo de esta entrada, esperar que el estado tenga una forma de comportarse llamémosla cristiana como si de un individuo y frente a sí mismo se tratara es un error muy común entre los católicos.

Concluyendo, en mi anterior entrada defendía la superioridad de la finalidad punitiva y compensatoria sobre la de la reinserción para la justicia. Parece que hay gente que aduciendo razones de índole de fe rechaza tal aserto ya que piensan - hay mucho sensible, aunque generalmenente esta sensibilidad se acentúa con la acciones de los demás y muy poco con la propias - que soy muy duro y que lo que digo no es cristiano. Bien, pondré algunos párrafos del catecismo de la Iglesia Católica para zanjar la polémica de si esto que sostengo, tanto en esta entrada como en la anterior, es o no cristiano.

2265 La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad.”

2266 La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte. Por motivos análogos quienes poseen la autoridad tienen el derecho de rechazar por medio de las armas a los agresores de la sociedad que tienen a su cargo.
Las penas tienen como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, tiene un valor de expiación. La pena tiene como efecto, además, preservar el orden público y la seguridad de las personas. Finalmente, tiene también un valor medicinal, puesto que debe, en la medida de lo posible, contribuir a la enmienda del culpable (cf Lc 23, 40-43).

viernes, 21 de septiembre de 2007

El ministro de justicia español Bermejo tiene razón

Don Mariano Fernández Bermejo, a la sazón ministro de justicia de España, ha afirmado, con más razón que un santo, que "cuando en un sistema democrático alguien cumple la pena que le impuso un tribunal lo que tiene que hacer es salir" y va y le llueven críticas. Aclaro que estas críticas se derivan del pequeño detalle que se está hablando de un violador que no está rehabilitado y que me temo estará deseando salir del talego para volver a las andadas.

Me parece que, especialmente desde la derecha, el despiste es monumental. El aserto del ínclito ministro es una obviedad. Me recuerda a la discusión sobre la liberación del etarra De Juana Chaos en la que al PP le ganaban dialécticamente por goleada y era un tema, al igual que este, donde el sentido común va en contra de lo que la realidad jurídica indica.

¿Cuál es el problema pues? ¿Porqué el sentido común parece contradecir a la ley jurídica?. La respuesta está – no en el viento – en la pregunta. Porque está mal la ley.

Dejémonos de zarandajas el problema es que el código penal español tiene una penas muy pequeñas porque se sustenta en un principio constitucional que es la reinserción, el cual es muy discutible. La primera razón de las penas tiene que ser la sed de justicia de una sociedad y el resarcimiento, si es posible, de la víctima. Por eso el código penal ha sido y es, eso, penal; es decir, punitivo. Lo primero es el castigo y luego, si el condenado muestra arrepentimiento, se puede tratar la reinserción pero como un añadido, muy loable, pero añadido. Es por ello que si no cambiamos este espíritu constitucional relativo a la justicia y como consecuencia de ello se aplican penas proporcionales a los delitos que incluyan entre otras, por supuesto, la cadena perpetua estaremos siempre en este dilema en el que la ley jurídica contradice al sentido común y cuando esto se mantiene en el tiempo la gente deja de creer en la justicia, en el sistema y pasa lo que pasa.

Por supuesto que esto no quiere decir que la ley no tenga resquicios para la misericordia, tales como conmutaciones o incluso condonaciones, pero solo para los que hayan demostrado muestras de un verdadero arrepentimiento y no hay mejor herramienta que ayude al arrepentimiento como un buen castigo. Sobre este particular estoy persuadido de que un gran porcentaje de los condenados a la pena capital están en el cielo ya que tuvieron una gran oportunidad de atrición.

Volviendo al caso que nos ocupa es más que significativo enfatizar que este hombre fue acusado de violar a 16 mujeres - conviene aclarar que 16 es el número de los casos que se han podido demostrar -, motivo por el cual tuvo una sentencia de 310 años. Teniendo en cuenta que el código penal limita a 30 el número máximo de años que uno permanece en prisión en España y que, para más inri, los beneficios penitenciarios, o sea, los años de descuento sobre la pena se contabilizan a partir de esos 30 en vez de desde la condena, el tipejo este ya ha cumplido su condena; sí, cumplido, y va a ser libre. Total, 16 de cárcel por 16 violaciones: a año por violación. ¡Ah!, las razones para la espléndida rebaja de 14 años de cárcel son el haber aprendido yoga y defensa personal – ¡que se preparen las mujeres con las que se encuentre este desalmado a partir de ahora! -. Por cierto, de su intención a reincidir no se si será un juicio de valor o si el hecho de que durante sus fines de semana de tercer grado – para la gente de fuera de España les aclararé que aquí los delincuentes, incluso lo más peligros, tiene a partir de cierto momento fines de semana de vacaciones – cometiera varias de sus violaciones represente algún indicio de peso.

El problema no es que el juez interprete no se de qué manera la ley, ni que busquemos ridículos delitos nuevos, ni otras pintorescas salidas para prolongar la estancia en prisión de este y otros maleantes. No nos perdamos por las ramas y vayamos al fondo: hay que cambiar la ley. Pero a esto no están los políticos.

Y aclaro que a mí la reinserción me parece fenomenal y muy acertada pero no para la parcela de justicia porque si no desdibujamos una de las funciones básicas del Estado que es la de garantizar la seguridad de los ciudadanos y el monopolio de la justicia (para evitar las venganzas personales). Una idea podría ser la creación de un cuarto poder que tuviera como razón de ser el arreglar los corazones de la gente, el convertir a los malvados en buenas personas y a los delincuentes en honrados ciudadanos. Algo así como un mesías laico, una evangelización pública y una Iglesia secular.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Demandar a Dios

Creo que ya todo el mundo sabe, singularmente en la blogosfera católica, de la demanda judicial presentada por el senador estatal de Nebraska, Ernie Chambers.

Seguro que están pensando que voy a fustigar a este señor por su esperpento. Pero no. Fíjense, independientemente de la irreverencia y lo descabellado de la ocurrencia, pues es evidente que Dios es el bien absoluto y ningún argumento humano puede ensombrecer esta realidad y que además, por descontado, el hombre no es digno de pedir cuentas a su Creador y si lo hace jamás podría hacerle cumplir su sentencia porque la diferencia entre el Él y nosotros es infinita y nadie puede hacerle el más mínimo agravio, bajo mi humilde criterio considero que detrás de este hecho hay algo interesante. Es como si se hubiera realizado una representación teatral de algo que, en el fondo, todos pensamos; dado que todos, en especial los que están en camino de santidad, experimentamos la tentación.

Quiero advertir previamente que no se de este señor otra cosa que lo que hemos leído y por tanto desconozco las intenciones últimas de su extravagancia pero conjeturaré para lo que trato de decir.

Al realizar esta demanda este prohombre está admitiendo implícitamente dos cosas: la primera que Dios existe y la segunda que Él es causa primera de todo lo que acontece incluso de las desgracias. Una buena pregunta de fe sería esta: ¿creemos nosotros esto?

Digo que todos nos hemos planteado en nuestro fuero interno esta demanda aunque no nos hayamos atrevido a hacerla explícita y ni mucho menos judicialmente, tal vez seamos más hipócritas. Porque quién no se ha preguntado ¿si Dios existe y es infinitamente bueno porque permite cosas tan horrorosas como aquel tsunami?

Bien, la respuesta no es sencilla y que nadie piense que una triste entrada de un blog pueda servir para responder a uno de los enigmas más grandes que la humanidad tiene, que es el origen del mal.

Lo que sí pretendo es hacer pensar y remover nuestras conciencias aletargadas ya que la pobreza de las creencias religiosas de muchos de los que hacen gala de ser católicos son causa de mofa de los impíos; lo cual no solo es malo porque nos deje en mal lugar sino porque, y esto es lo importante, la única, subrayo la única, misión de los cristianos es ser luz gracias a nuestro testimonio – las obras, vaya – provocando que los no creyentes cautivados por nuestra forma de vida deseen, en mayor o menor medida, acercarse a Jesucristo para que, de esta forma, Él los pueda salvar. En efecto, con un pírrico bagaje espiritual mal podremos realizar esta misión.

Por tanto no nos podemos permitir el lujo de eludir estas preguntas y tratar de revisar qué es lo que realmente respondemos y creemos porque muy probablemente estemos muy lejos de lo que la Santa Madre Iglesia nos enseña. Es imprescindible reflexionar sobre el mal, acerca de su esencia y de su origen, en todas sus modalidades: el pecado del hombre y su formas más crueles y retorcidas de perversión, el misterio de iniquidad (que es previo a la caída de Adán y Eva), la enfermedad y la muerte y, probablemente lo más desconcertante, el mal sin causa aparente como es el caso del sufrimiento de los niños, las catástrofes naturales o el dolor en sí.

Puede que demos respuestas del tipo de: Dios no se mete en eso, es propio de la naturaleza, es fruto de la maldad o la debilidad humana, la mala suerte o el azar o simplemente que no sabemos.

Creo que la mayor parte de las respuestas que he propuesto no son solo insuficientes sino que además son falsas. Fundamentalmente digo esto porque estoy persuadido que no escapan al control del Todopoderoso y su plan ningún acontecimiento por muy malo que a priori nos parezca. Y si pensamos un poco acerca de esto puede que muchas de nuestras convicciones más íntimas se tambaleen y, si nos armamos de valor, puede que entremos en un nuevo espacio caracterizado por el vértigo, la inmensidad sin límites y la sorpresa; en definitiva, en el Misterio; en la Fe. No piensen que hablo con suficiencia y frialdad, yo he experimentado muy cercanamente la mordedura del sufrimiento y la dimensión que este puede alcanzar desde la fe, pero esto no viene al caso ya que este es un blog fundamentalmente de pensamiento y opinión; no lo es de testimonios personales que tienen otro ámbito; tan solo hago esta apostilla para evitar los típicos prejuicios que surgen cuando se tratan los grandes temas; es decir, los importantes.

Lamentablemente no es suficiente con hablar de la bondad de Dios y ni mucho menos creer que el hombre es bueno por naturaleza (un neo-pelagianismo muy extendido) porque podríamos quedar fuera de la realidad - y Dios es muy real -, incluso, podríamos acabar, en el peor de los casos, como los curas progres, tocando la guitarra y diciendo la vida es bella y Dios te quiere de una manera fatua, mientras la gente sufriendo nos mirara con compasión. ¡Claro que Dios es amor!, es la única verdad, pero esta es tan cierta que abarca toda la realidad hasta la más negra y dolorosa.

Lo dejaré aquí. Espero que esto sirva como de incentivo para que los lectores que se sientan interpelados escudriñen el magisterio y sobre todo aumenten su piedad – fundamentalmente los sacramentos y la oración -.

Me permito sugerir algunas lecturas que pueden ayudar a buscar las respuestas: Del AT, El libro de Job (acompañado de algún libro de comentarios escrito por algún santo); del NT, Jn 9 (en especial del 1 al 4) y del magisterio, la carta apostólica Salvici Doloris de Juan Pablo II.

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